Piloto de guerra
Piloto de guerra Experimento un sordo malestar al decirme que todos esos trabajadores, todas esas gentecillas, con sus funciones tan bien definidas, con sus cualidades tan diversas y preciosas, no serán ya esta noche más que parásitos y miseria.
Van a extenderse sobre los campos y devorarlos.
—¿Quién les alimentará?
—No se sabe…
¿Cómo abastecer a millones de emigrantes perdidos a lo largo de los caminos por donde circulan a una velocidad de cinco a veinte kilómetros por dÃa? ¡Si existiera el abastecimiento serÃa imposible encaminarlo!
Esta mezcla de humanidad y de hierro viejo me recuerda el desierto de Libia. Habitábamos Prévot y yo en un paisaje inhabitable, vestido de piedras negras que brillaban al sol, un paisaje tapizado con una corteza de hierro… Y contemplo este espectáculo con una especie de desesperación: un vuelo de langostas, que se abate sobre el macadam, ¿vive acaso mucho tiempo?
—¿Y esperarán ustedes que llueva, para beber?
—¡Qué sabemos!…
Su pueblo estaba, desde hace diez dÃas, incansablemente atravesado por refugiados del Norte. Han asistido durante diez dÃas a este inacabable éxodo. Su turno ha llegado. Ocupan su puesto en la procesión. ¡Oh!, sin confianza ninguna:
—Yo preferirÃa morir en mi casa.