Piloto de guerra
Piloto de guerra Uno de mis amigos, León Werth, oyó, yendo por la carretera, una frase inmensa que contará en un gran libro. A la izquierda de la carretera están los Alemanes, a la derecha, los Franceses. Entre los dos, el torbellino lento del éxodo. Centenares de mujeres y niños que se deshacen como pueden de sus coches incendiados. Y como un teniente de artillerÃa, que se encuentra sin querer metido en el embotellamiento, intenta poner en condiciones una pieza de setenta y cinco que el enemigo tirotea —y como el enemigo falla la pieza pero siega la carretera—, algunas madres van hacia ese teniente que, chorreando sudor y obstinado en su incomprensible deber, se empeña en salvar una posición que no aguantará más de veinte minutos (¡son doce hombres los que están aquÃ!): —¡Váyanse! ¡Váyanse! ¡Cobardes!
El teniente y los hombres se van. Tropiezan por todas partes con esos problemas de paz. Claro que es preciso que los pequeños no sean exterminados en la carretera. Y ocurre que cada soldado que dispara ha de disparar sobre la espalda de un niño. Cada camión que avanza, o que intenta avanzar, corre el riesgo de condenar a un pueblo. Pues, avanzando contra la corriente, embotella inexorablemente una carretera entera.
—¿Está usted loco? ¡Déjenos pasar! ¡Los niños se mueren!
—Nosotros hacemos la guerra.