Piloto de guerra
Piloto de guerra Vaya por los ciento sesenta y ocho. ¡Cuántos zigzags hace el camino hacia la eternidad!… Pero este camino ¡quĂ© tranquilo me parece! El mundo semeja un vergel. Hace un momento se mostraba con la aridez de un plano. Todo me parecĂa inhumano. Pero ahĂ abajo vuelo en una especie de intimidad. Hay árboles aislados, o agrupados en pequeños paquetes. Y uno los encuentra. Y campos verdes. Y casas, con tejas rojas, con alguien en la puerta. Y bellos aguaceros azules en torno. Sin duda Paula, cuando hacĂa este tiempo, nos acompañaba pronto a casa…
—Ciento setenta y cinco.
Mi epitafio pierde mucho de su ruda nobleza: «Ha mantenido ciento setenta y dos, ciento setenta y cuatro, ciento sesenta y ocho, ciento setenta y cinco…». Más bien parezco versátil. ¡Toma! ¡Mi motor tose! Se enfrĂa. Cierro pues los postigos del capot. Bueno, como es hora de abrir el depĂłsito suplementario, levanto la palanca. ÂżNo me olvido de nada? Echo una ojeada sobre la presiĂłn del aceite. Todo está en orden.
—Empieza a ponerse feo, mi Capitán…