Piloto de guerra

Piloto de guerra

XXI

Inclinado hacia tierra, no había reparado en el espacio vacío que poco a poco se ha ido agrandando entre las nubes y yo. Las estelas de los proyectiles derramaban una luz del color del trigo: ¿cómo iba a saber que en la cumbre de su ascensión distribuirían; uno por uno, como quien planta clavos, estos sombríos materiales? Los descubro acumulados ya en pirámides vertiginosas que derivan hacia la parte trasera con la lentitud de témpanos. A la escala de tales perspectivas tengo la sensación de estar inmóvil.

Yo bien sé que estas construcciones, apenas levantadas, han utilizado su fuerza. Cada uno de estos copos no ha dispuesto más que de un centésimo de segundo del derecho de vida o muerte. Pero me han rodeado sin darme cuenta. Su aparición hace pesar de pronto sobre mi nuca el peso de un formidable reproche.

Estas explosiones mates, sucesivas, cuyo sonido queda apagado por el ruido de los motores, me impone la ilusión de un silencio extraordinario. No siento nada. El vacío de la espera me trabaja como si se estuviera deliberando.

Pienso… pienso sin embargo: «¡tiran demasiado alto!», y echo atrás la cabeza con desgano para ver bascular hacia la parte trasera una tribu de águilas. Esos renuncian. Pero no se puede tener confianza alguna.


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