Piloto de guerra
Piloto de guerra Las armas que no nos han tocado reajustan el tiro. Las murallas de estallidos se reconstruyen en nuestro piso. Cada hogar de fuego, en algunos segundos levanta una pirámide de explosiones que abandona en seguida, caducada, para construirla en otro lado. El tiro no nos busca: nos encierra.
—Dutertre, ¿lejos todavÃa?…
—… Si pudiéramos aguantar tres minutos aún, habrÃamos terminado… pero…
—Pasaremos tal vez…
—¡Nunca!
Es siniestro este negro grisáceo, este negro de harapos tirados en desorden. La llanura era azul. Inmensamente azul. Azul de fondo de mar.
¿Qué supervivencia puedo esperar? ¿Diez segundos? ¡Veinte segundos! La sacudida de las explosiones me está trabajando ya constantemente. Las más cercanas retumban sobre el avión como caen los pedruscos en un volquete. Después, el avión entero lanza un sonido casi musical. Extraño suspiro… Pero ésos son golpes fallidos. Sucede aquà como con el rayo. Cuanto más cerca está, más se simplifica. ¡Ciertos choques son elementales! Es que el estallido entonces nos ha marcado con sus proyectiles. La fiera no atropella al buey que mata. Planta sus garras con aplomo, sin raspar. Toma posesión del buey. Asà los golpes que hacen blanco se incrustan simplemente en el avión como en un músculo.