Piloto de guerra
Piloto de guerra —¿Herido?
—¡No!
—¡Ep!, ¿el ametrallador, herido?
—¡No!
Pero estos choques que uno no puede por menos de describir, no cuentan. Tamborilean sobre una corteza, sobre un tambor. En lugar de reventar los depósitos, hubieran podido lo mismo abrirnos el vientre. Pero el vientre, ¿qué es más que un tambor? El cuerpo, ¡qué le importa a uno! Él no es lo que cuenta… ¡esto es extraordinario!
Sobre el cuerpo tengo que decir dos palabras. Pero en la vida cotidiana uno está ciego ante la evidencia. Es preciso, para que la evidencia se muestre, la urgencia de semejantes condiciones. Se requiere esta lluvia de luces ascendentes. Se requiere este asalto de lanzazos. Se requiere, por fin, que sea erigido este tribunal para juicio final. Entonces uno comprende.
Yo me preguntaba mientras me vestía: «¿Cómo se presentan los últimos momentos?». La vida ha desmentido siempre los fantasmas que yo inventaba. Pero se trataba esta vez de andar desnudo, bajo el desencadenamiento de puños imbéciles, sin tener siquiera el pliegue de un codo para resguardar la cara.