Piloto de guerra
Piloto de guerra —¿Se siente mal?
No me contesta. Me visto apresuradamente y voy al encuentro de mi hermano.
Él me dice con voz natural:
—QuerÃa hablarte antes de morir. Me voy a morir.
Una crisis nerviosa le crispa y le obliga a callarse. Durante la crisis hace que «no» con la mano. Y yo no sé interpretar el gesto. Me imagino que el niño rechaza la muerte. Pero una vez calmado me explica:
—No te asustes… no sufro. No me duele nada. No puedo impedirlo. Es mi cuerpo.
Su cuerpo, territorio extranjero, ya otro.
Pero desea mostrarse serio, este hermanito que sucumbirá dentro de veinte minutos. Experimenta la necesidad urgente de delegar su sucesión. Me dice: «Quisiera hacer mi testamento…». Se sonroja, está satisfecho, claro, de hacer el hombre. Si fuera constructor de torres, me confiarÃa la construcción de su torre. Si fuera padre, me confiarÃa sus hijos para que los instruyera. Si fuera piloto de un avión de guerra, me confiarÃa sus papeles de a bordo. Pero no es más que un niño. No confÃa más que un motor a vapor, una bicicleta y una carabina.