Piloto de guerra
Piloto de guerra Dutertre acaba de cobijarse sobre el Sena. He bajado a cien metros. El suelo arrastra hacia nosotros, a quinientos treinta kilómetros por hora, grandes rectángulos de alfalfa o de trigo y bosques triangulares. Experimento un raro placer fÃsico observando este deshielo que divide sin descanso mi roda. El Sena se me aparece. Cuando lo franqueo por la oblicua, se me esconde, como si girara sobre sà mismo. Este movimiento me proporciona el mismo placer que la ligera rozadura de un golpe de hoz. Estoy bien instalado. Soy patrón a bordo. Los depósitos aguantan. Ganaré una copa en el poker de ases a Pénicot, luego derrotaré a Lacordaire en el ajedrez. Asà es como soy cuando soy vencedor.
—Mi Capitán… tiran… estamos en zona prohibida…
Es él quien calcula la navegación. Estoy virgen de todo reproche.
—¿Tiran mucho?
—Tiran como pueden…
—¿Damos la vuelta?
—Oh, no…
Noto en él falta de interés. Hemos conocido el diluvio. El tiro antiaéreo no es para nosotros más que una lluvia de primavera.
—¡Dutertre… sabe… es idiota hacerse matar en su propia casa!