Piloto de guerra

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La ruta invisible de la gravedad libera a la piedra. Las pendientes invisibles del amor liberan al hombre. Mi civilización ha tratado de hacer de cada hombre el Embajador de un mismo príncipe. Ha considerado al individuo como camino o mensaje de algo más grande que él y ha ofrecido a la libertad de su ascensión direcciones imantadas.

Yo conozco bien el origen de ese campo de fuerzas. Durante siglos mi civilización ha contemplado a Dios a través de los hombres. El hombre había sido creado a imagen de Dios. Se respetaba a Dios en el hombre. Los hombres eran hermanos en Dios. Este reflejo de Dios confería una dignidad inalienable a cada hombre. Las relaciones del hombre con Dios fundamentaban, evidentemente, los deberes de cada uno para consigo mismo y para con los otros.

Mi civilización es heredera de los valores cristianos. Reflexionaré sobre la construcción de la catedral, a fin de comprender mejor su arquitectura.

La contemplación de Dios hacía a los hombres iguales, porque eran iguales en Dios. Y esta igualdad tenía un claro significado. Pues no se puede ser igual más que en algo. El soldado y el capitán son iguales en la nación. La igualdad no es más que una palabra desprovista de sentido si no hay nada a qué ligar esta igualdad.


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