Piloto de guerra
Piloto de guerra Yo sé muy bien que el campo de la conciencia es minúsculo. No acepta más que un problema a la vez. Si usted se traba a puñetazos y la estrategia de la lucha le preocupa, no sufre por los puñetazos. Cuando creà ahogarme en un accidente de hidroavión, el agua, que estaba helada, me pareció tibia. O, más exactamente, mi conciencia no consideró la temperatura del agua. Estaba absorbida por otras preocupaciones. La temperatura del agua no dejó ninguna huella en mi recuerdo. Asà la conciencia de Sagon estaba absorbida por la técnica de su salida. El universo de Sagon se limitaba a la manija que gobierna la trampa corrediza, a una cierta empuñadura del paracaÃdas cuyo emplazamiento le preocupó y en la suerte técnica de su equipo. «¿Han saltado ustedes?». Nadie responde. «¿Nadie a bordo?». Ninguna respuesta.
—Pensé que estaba solo. Y que me podÃa marchar… —ya tenÃa la cara y las manos asadas. Me levanté, monté sobre la carlinga, y me mantuve de momento sobre el ala. Una vez allÃ, me incliné hacia adelante: no vi al observador…
El observador, muerto de golpe por el tiro de los cazas, yacÃa en el fondo de la carlinga.
—Reculé entonces, y tampoco vi al ametrallador…
También el ametrallador se habÃa desplomado.
—Me creà solo…
Reflexionó: