Tierra de hombres
Tierra de hombres Mouyane me mira con más dureza y vuelve a hablar.
—¿Qué dice?
—Dice: «Mañana saldremos de avanzada contra Bonnafus. Trescientos fusiles».
Yo ya me había imaginado algo. Esos camellos que, desde hace tres días, están llevando a pozos, esas deliberaciones, ese fervor. E da la impresión de que están aparejando un velero invisible y de que ya sopla el viento del mar que se o llevará. Gracias a Bonnafous cada paso hacia el Sur se convierte en un paso rico en gloria. Y yo ya no sé distinguir qué parte de odio o de amor hay en esas marchas.
Tener en el mundo tan excelente enemigo que asesinar es un lujo. Ahí donde surge, las tribus cercanas pliegan sus tiendas, recogen sus camellos y huyen, pero las tribus más lejanas se sienten atrapadas por el mismo vértigo que en el amor. Se desprenden de la paz de las tiendas, de los abrazos de las mujeres, del sueño feliz; después de dos meses de agotadora marcha hacia el Sur, de ardiente sed, de acechos en cuclillas bajo los vientos de arena, descubren que no hay nada en el mundo que valga tanto la pena como caer por sorpresa, al alba, sobre el pelotón móvil de Atar y allí, si Dios lo permite, asesinar al capitán Bonnafous.
—Bonnafous es fuerte. —Me confiesa Kemal.