David Copperfield

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No había más novedades en las cartas de Peggotty. El señor Barkis era un excelente marido, según aseguraba, aunque seguía siendo un poco tacaño; pero todos tenemos nuestros defectos, y ella los tenía en abundancia (a pesar de que yo no sabía cuáles eran); y él me enviaba sus saludos, y mi pequeño dormitorio estaba siempre preparado para recibirme. El señor Peggotty y Ham estaban bien, la señora Gummidge se sentía muy desgraciada, y la pequeña Emily se negaba a mandarme recuerdos, aunque decía que Peggotty podía hacerlo, si así lo deseaba.

Comuniqué diligentemente a mi tía todas esas noticias, guardándome sólo para mí cuanto se refería a la pequeña Emily, pues el instinto me decía que la señorita Betsey no sentiría demasiada simpatía por ella. En los primeros tiempos de mi estancia en el colegio del doctor Strong, mi tía vino a Canterbury varias veces, siempre a las horas más intempestivas, con el propósito, supongo, de pillarme desprevenido. Pero, como me encontraba siempre ocupado en mis tareas, tenía buena reputación y todos le decían lo mucho que progresaba en mis estudios, no tardó en interrumpir sus visitas. La veía los sábados, cada tres o cuatro semanas, cuando iba a descansar a Dover; y veía al señor Dick los miércoles, cada quince días, cuando llegaba en la diligencia al mediodía para quedarse hasta la mañana siguiente.


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