David Copperfield
David Copperfield El camarero se retiró al instante para organizar el traslado. Steerforth, sumamente divertido de que me hubieran hospedado en la cuarenta y cuatro, empezó a reírse de nuevo, mientras me daba más palmaditas en el hombro; me propuso desayunar con él al día siguiente a las diez de la mañana, invitación que acepté feliz y orgulloso. Como era bastante tarde, cogimos unas velas para subir a acostarnos, y nos despedimos afectuosamente en su puerta. Mi nuevo cuarto era mucho mejor que el anterior; no olía a humedad y tenía una cama gigantesca de cuatro columnas, un verdadero feudo. No tardé en quedarme plácidamente dormido entre almohadas suficientes para seis personas; y soñé con la antigua Roma, con Steerforth y con la amistad, hasta que las primeras diligencias de la mañana, que salieron traqueteando bajo el arco de entrada, llenaron mis sueños de truenos y de dioses.