Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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A las nueve se tranquilizó, adoptó el aspecto más respetable que le fue posible dar a su rostro, y salió para dedicarse a sus ocupaciones. A pesar del título de honrado comerciante que se complacía en darse cuando le preguntaban cuál era su oficio, cuesta trabajo considerar un negocio la tarea cotidiana de Jerry Cruncher. Un taburete de madera procedente de una silla rota con el respaldo aserrado, que el pequeño Jerry llevaba todos los días a un lado de la puerta de Tellsone, componía la sede comercial del pretendido comerciante. Sentado en este banquillo, con los pies entre un montón de paja que se había caído del primer carro que había pasado, el bueno de Jerry era conocido en todo el barrio igual que la puerta de Temple Bar, pues ambos tenían la misma apariencia voluminosa y ruinosa. Llegaba a las nueve menos cinco minutos, en el momento preciso en que podía quitarse el sombrero en honor a los vetustos empleados que entraban en el despacho, y se colocaba como de costumbre con su hijo al lado; este solo se alejaba para imponer correctivos a los muchachos cuya poca edad le permitía llevar a cabo sin peligro tan loable designio. Tan cerca uno del otro como lo estaban sus ojos en el rostro de ambos, con el mismo pelo, las mismas facciones y la misma postura, padre e hijo, acechando a los parroquianos en silencio, se parecían mucho a dos monos.



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