Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Cuando el fiscal pronunció la última palabra de su arenga, se alzó en todos los puntos del auditorio un confuso zumbido, como si se hubieran reunido en torno al acusado millares de moscas deseosas de posarse en él como sobre un cadáver. Cesó después el zumbido y, cuando se restableció el silencio, se presentó como testigo el patriota sin mancilla.
El procurador general, siguiendo los pasos de su digno y elocuente jefe, procedió al interrogatorio del patriota: su nombre, John Barsad, hidalgo. La historia de su alma pura y de su conducta sublime fue exactamente la misma con que el fiscal había edificado a su auditorio, y el único defecto que pudo echársele en cara fue el de recordar demasiado literalmente la versión anterior. Después de aliviar su noble pecho del peso que lo oprimía, el eminente ciudadano se habría retirado con modestia si el abogado del acusado, que se hallaba cerca del señor Lorry, no le hubiese dirigido algunas preguntas. El caballero de la peluca que se sentaba enfrente seguía mirando al techo.