Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Apenas nos dirigimos algunas palabras; el mar estaba borrascoso, la travesía fue larga y penosa, y estuve acostado hasta que llegamos a Dover.

—Está bien. ¡Señorita Manette!

La joven, de la que antes estaban pendientes todas las miradas y que ahora volvía a atraerlas, se levantó del asiento, pero no se movió de ahí, ni dejó de apoyarse en el brazo de su padre, que se había levantado al mismo tiempo que ella.

—Señorita Manette, mirad al acusado.

Tanta compasión en la mirada, tanta alma y tanta hermosura sometieron al acusado a una prueba mucho más ardua que cuantas había sufrido desde que se hallaba en presencia de los jueces. Aunque estaba al borde del sepulcro, y a pesar de las miradas ávidas que lo atenazaban y de la presencia de ánimo que había manifestado hasta entonces, le fue imposible conservar la calma. Sus manos recogían convulsivamente las hierbas de la mesa como para formar un ramo de flores imaginarias, y sus esfuerzos por dominar la respiración hacían temblar sus labios, de donde la sangre refluía hacia su corazón.

Las moscas zumbaban en la sala.

—Señorita Manette, ¿habíais visto ya al preso?

—Sí, señor.

—¿Dónde?


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