Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor Lorry entró en el gabinete, le dio los buenos dÃas, le llamó por su nombre y le habló de diferentes cosas que le habÃan ocupado últimamente. El doctor no respondió tampoco aquel dÃa, pero era indudable que oÃa lo que le decÃan, y que parecÃa reflexionar, aunque de una manera confusa. Alentado el señor Lorry con este sÃntoma favorable, le pidió a la señorita Pross que entrase con su labor en el gabinete y estuviese con ellos algunas horas durante el dÃa. Aprovechó la presencia del aya para hablar con ella de Lucie y del doctor, como acostumbraban hacerlo cuando estaban juntos, y como si no hubiese ninguna novedad en la casa. Los dos manifestaron la mayor naturalidad posible en sus conversaciones y no las prolongaron mucho para no fatigar al enfermo, y el banquero creyó ver que el antiguo preso levantaba la cabeza con más frecuencia y parecÃa admirarse de lo que pasaba a su alrededor.
Cuando llegó la noche, le dijo como el dÃa anterior:
—Querido doctor, ¿queréis dar un paseo?
Y como el dÃa anterior él repitió:
—¿Un paseo?
—¿VenÃs conmigo? —volvió a decirle el señor Lorry.