Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Después de discutir el sistema que debían seguir, ambos convinieron dejar al doctor ocupado en su lectura hasta la hora en que acostumbraba almorzar, y sentarse a la mesa con él como si nada hubiera ocurrido. La señorita Pross, sometiéndose enteramente a la opinión del señor Lorry, observó al pie de la letra lo acordado y, habiendo tenido este tiempo suficiente para dedicarse a los cuidados metódicos de su aseo cotidiano, compareció a la hora del desayuno con la camisa blanca, las medias inmaculadas y la pulcritud que se admiraba en él siempre. El doctor, avisado por la fórmula de costumbre de que el desayuno estaba dispuesto, se dirigió al comedor, con una actitud que no revelaba vacilación ni sorpresa.
En la medida en que era posible comprenderlo sin renunciar al acercamiento gradual y prudente que el señor Lorry consideraba necesario para su seguridad, el doctor parecía creer que la boda de su hija se había celebrado el día anterior. Una alusión indirecta hecha con intención por el hombre de negocios, relativa al día de la semana y del mes en que se hallaban, le hizo reflexionar y le produjo un malestar evidente. Sin embargo, estaba tan completamente libre de su delirio que el señor Lorry se decidió a pedirle cierto consejo que hacía mucho tiempo que deseaba pedirle. Así pues, cuando el aya quitó las tazas y el doctor se quedó solo con él, le dijo con voz afectuosa: