Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No lo niego —dijo el señor Lorry, tratando de convencerse de que estaba de mal humor y de que asà lo manifestaban sus palabras—; pero después de la barahúnda de este largo dÃa, estoy resuelto a desahogar mi enojo. ¿Dónde está el doctor?
—AquÃ, señor Lorry —respondió el doctor Manette, que acababa de entrar en la sala.
—Me alegro, porque el desorden y las prisas que me han atosigado todo el dÃa, sin tener en cuenta los tristes presagios, han excitado de una manera extraordinaria mis nervios. Supongo que vais a salir.
—No, y si os parece bien, vamos a jugar nuestra partida de todas las noches —dijo el doctor.
—Creo que no me parece bien, si se me permite ser franco, pero no seré capaz de oponerme. ¿Se han llevado las tazas y el té, Lucie?
—No, señor; han quedado aquà para vos.
—¡Gracias, amiga mÃa, gracias! ¿El angelito está acostado?
—Duerme profundamente.
—¿Sigue bien?
—Muy bien.