Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Cuando el jinete y su caballo, que volvían sin esperanza, atravesaron la aldea, los habitantes celebraban el incendio del castillo con una iluminación general. El caminero y sus doscientos cincuenta amigos, inspirados como un solo hombre, habían corrido a casa a poner velas y candiles en las ventanas. La penuria general había obligado a los aldeanos a pedir prestados el aceite y las velas al desventurado Gabelle y, como este parecía resistirse, el caminero, en otro tiempo tan humilde con la autoridad, había indicado a sus conciudadanos que los coches arden magníficamente y que los caballos de posta se asarían muy pronto y muy bien en sus llamas.
El castillo continuaba ardiendo. Un viento rojo que soplaba de aquella región infernal esparcía sus despojos y, al fulgor vacilante de las llamas que lamían las paredes, las máscaras de piedra parecían sufrir el suplicio de los condenados. Se desmoronó un lienzo de pared arrastrando una parte del techo; y la máscara con la nariz abollada se oscureció de pronto. Saliendo de la nube que la envolvía, asemejaba la faz cruel del señor marqués combatiendo las llamas y expirando en la hoguera.