Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡No os asoméis…! ¡Os lo suplico! Ni vos tampoco, ángel querido —dijo, rodeando con el brazo la cintura de la joven—. No os lo digo para que os asustéis, porque os juro que no tengo noticias alarmantes sobre Charles, y ni siquiera llegué a imaginar que hubiera venido a ParÃs. ¿En qué cárcel está?
—En La Force.
—¡En La Force!… Lucie, hija mÃa, si habéis sido alguna vez buena y animosa, y lo habéis sido siempre… os suplico que no os alarméis. Haced lo que voy a deciros, lo cual es mucho más importante de lo que podéis imaginar. Nada podréis hacer esta noche, porque os será difÃcil salir. Os lo digo en nombre de Charles y por su bien; sé cuán penoso es el sacrificio, pero entrad en mi habitación y dejadme solo con vuestro padre. Os lo suplico, obedeced; dejadnos solos pronto… en nombre de los que os aman.
—Ya sabéis, amigo mÃo, que soy obediente y dócil. Veo en vuestra expresión que sabéis que eso es lo único que yo puedo hacer. Sé que decÃs la verdad.
El anciano la abrazó y la condujo al aposento contiguo, cuya puerta cerró con llave. Cuando volvió al lado del doctor, abrió la ventana, alzó ligeramente las persianas, y los dos dirigieron su mirada al patio.