Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El señor Lorry cerró la ventana, y se apresuró con el corazón palpitante a ir a ver a Lucie para decirle que su padre, auxiliado por el pueblo, corría a liberar a Charles Darnay.

Lucie tenía a su lado a su hija y a la señorita Pross, pero el señor Lorry no reparó en ellas hasta algunos minutos después, cuando, sentado junto a la chimenea, recobró toda la sangre fría que era posible recobrar después del horrible espectáculo que había presenciado. La pobre joven, presa del estupor, se arrodilló sujetándose de la mano del anciano como de su último apoyo. La señorita Pross había acostado a la niña. ¡Qué larga fue la noche al lado de aquella mujer desconsolada! ¡Qué larga fue, Dios mío! El doctor no volvía, y no se sabía si había triunfado o sucumbido.

Dos veces se oyó la campanilla de la puerta principal, dos veces invadió el patio la turba y dos veces dio vueltas la máquina haciendo brotar chispas de la piedra en medio del fragor.

—¿Qué es eso? —preguntó Lucie con terror.

—¡Silencio, hija mía! Se afilan aquí los sables de los soldados. El palacio es ahora propiedad de la nación, y sirve de taller para fabricar armas.

Sin embargo, la segunda invasión había sido más breve que las demás, y los afiladores habían trabajado con menos entusiasmo. Pocos momentos después empezó a brillar el primer albor de la mañana.


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