Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor Lorry se desprendió con suavidad de la mano de Lucie, se acercó a la ventana, la abrió con precaución y dirigió la mirada al patio. Yacía junto a la piedra de afilar un hombre tan ensangrentado que parecía un soldado tendido en el campo de batalla. Extenuado por la matanza, se levantó penosamente, lanzó a un lado y otro una estúpida ojeada y, descubriendo a la luz de la aurora una de las carrozas de Monseigneur, se dirigió bamboleándose hacia el suntuoso carruaje, subió a él, cerró la portezuela y se durmió sobre sus elegantes almohadones.
La tierra, esa máquina de afilar colosal, había dado la vuelta cuando el señor Lorry se asomó por segunda vez a la ventana, y el sol enrojecía las losas y las paredes del patio. Únicamente la piedra de afilar se distinguía en la atmósfera tranquila de la mañana, y tenía un reflejo rojizo que el sol nunca ha dado y que su luz no puede borrar.