Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Después de compulsar los registros que había sobre la mesa, el antiguo preso se cercioró de que su yerno no hubiera sido ejecutado y abogó con entusiasmo por él delante del tribunal; los jueces, algunos dormidos y otros despiertos, algunos en ayunas y otros ebrios, algunos limpios y otros manchados de sangre, lo escucharon con benevolencia y, en medio de los arrebatos de entusiasmo que había desatado como mártir del sistema derrocado, se accedió a su demanda, a saber: que el preso Evrémonde fuera presentado ante el tribunal para ser interrogado inmediatamente. Charles Darnay había sido declarado inocente e iba a recobrar la libertad cuando, por una circunstancia inexplicable, se detuvo de pronto la corriente que estaba en favor del preso. Los individuos del tribunal se habían reunido en conferencia secreta, y el que presidía anunció al doctor que era imposible poner en libertad al acusado, pero que, en consideración a los méritos de su suegro, se le declaraba inviolable. Y, a una seña del presidente, condujeron otra vez a Charles a su calabozo. El doctor solicitó entonces el favor de velar por su yerno, para cerciorarse personalmente de que por una equivocación no fuera entregado a los verdugos, cuyos alaridos de furia se oían desde el salón y se confundían con la voz de los jueces. Y, habiendo obtenido lo que pedía, se había visto obligado a no salir de aquel edificio manchado de sangre hasta que pasó el peligro.


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