Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Es verdad que el nuevo género de vida del doctor no estaba exento de inquietud y de fatiga, pero, lejos de desanimarse, desplegaba mayor fuerza y valor; y el buen señor Lorry creyó descubrir que en los sentimientos que sostenían a su amigo predominaba un noble orgullo, digno a la par que puro, que le parecía muy natural y cuyos efectos inesperados observaba con alegría. El doctor sabía que hasta entonces el recuerdo de su cautiverio se asociaba en el ánimo de su hija y de su amigo al doloroso estado en que lo había sumido la cárcel, pero ahora se creía por el contrario revestido, gracias a sus antiguas desgracias, de una fuerza que constituía toda su esperanza. Exaltado por este cambio de papeles que le hacía a su vez protector de los que habían sostenido su debilidad, marchaba con paso firme e infundía a los demás la confianza que tenía en sí mismo. Él era, pues, quien consolaba y alentaba a su hija, quien la salvaba de la desesperación, y sentía tanto orgullo como alegría al prestar un servicio a cambio de los que ella le había ofrecido en otro tiempo. «Es muy curioso lo que veo —pensaba el señor Lorry—; sin embargo, es muy justo. Conducíos y obrad como mejor os parezca, querido doctor, porque ahora la iniciativa es vuestra.»




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