Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿No os inspiran confianza? —me preguntó el más joven de los dos hermanos.
—Ya veis, caballero, que voy a hacer uso de ellas.
Administré a la enferma, no sin mucho trabajo, la dosis deseable y, como era preciso renovar la medicación y observar sus efectos, cogà una silla y me senté cerca de la cama.
Una humilde criatura (la mujer del criado que nos habÃa abierto la puerta) se hallaba en la habitación y se habÃa retirado después de que entráramos. La sala era húmeda y sus muebles ordinarios, y sin duda hacÃa muy poco tiempo que estaba habitada, y no permanentemente. HabÃan clavado delante de las ventanas unas cortinas viejas, más para ahogar los gritos de la enferma que para protegerla del aire frÃo de la noche.
A pesar de la poción calmante de que me habÃa valido, continuaba con igual violencia el delirio de la joven, que repetÃa los mismos gritos y las mismas palabras: «¡Marido mÃo! ¡Padre mÃo! ¡Hermano mÃo!», seguidas de uno, dos, tres hasta doce y el «¡chist!» tras lo cual empezaba de nuevo inmediatamente. Lo único que pudo darme alguna esperanza era la influencia que mi mano parecÃa ejercer en sus facciones, pero nada bastaba para calmar sus gritos, que se exhalaban con la regularidad de un péndulo.