Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades ¿Qué más le daba que un hombre fuera decapitado por las faltas de sus padres? No veía en él al inocente, sino al que había recibido su herencia. Y no le bastaba que esa muerte dejase una viuda y una huérfana, porque la hija y la mujer que llevaban el apellido odiado eran su presa natural y no tenían derecho a vivir. En vano se hubiera tratado de enternecerla… ¿Cómo habría de ablandarse si para ella misma no tenía compasión? Aunque hubiera sucumbido en la calle, en medio de los combates, no se le habría pasado por la cabeza quejarse y, si la hubiesen llevado al cadalso, habría subido sus gradas fatales sin lamentar otra cosa que no poder presenciar el suplicio de sus jueces.
Tal era el corazón que latía bajo el vestido de madame Defarge. Aquel vestido de tela común, llevado con desdén como una túnica de hechicera, caía muy bien al talle de aquella mujer de negra y brillante cabellera, tan abundante que los rizos se escapaban de su tosca gorra encarnada. Su ancha pañoleta ocultaba una pistola y llevaba un puñal en el cinturón. Así pertrechada, recorrió las calles hasta llegar a la casa del doctor, andando con la firmeza que en todo desplegaba y con la agilidad de una mujer que en su niñez iba con las piernas desnudas y los pies descalzos.