Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Ante este segundo intercambio de nombres de pila, madame Defarge, que continuaba haciendo uso de su mondadientes, volvió a toser y arqueó las cejas.
El tercer bebedor dijo entonces la suya, mientras dejaba el vaso vacío y hacía un chasquido con los labios.
—¡Ah, pues tanto peor! Un gusto amargo es el que lleva este pobre rebaño en los labios, y qué vida de perros es esa, Jacques. ¿No crees, Jacques?
—Tienes razón, Jacques —respondió el monsieur Defarge.
Este tercer intercambio de nombres de pila concluyó justo en el momento en que madame Defarge dejó el mondadientes, sin dejar de arquear las cejas, y se movió ligeramente en su silla.
—¡Chist! Me llama mi mujer, señores —dijo el tabernero.
Los tres bebedores se quitaron el sombrero y saludaron a madame Defarge, la cual contestó inclinando la cabeza y mirándolos brevemente. Después, como por casualidad, su mirada abarcó la tienda, volvió a tomar la labor con la mayor calma y pareció poner toda su atención en ella.