Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Entre los que van en los carros, algunos contemplan impasibles todo lo que los rodea, otros se despiden del cielo y de la tierra con una última mirada a la vida de la naturaleza, y otros bajan la cabeza con sombría desesperación; mientras tanto, nerviosos por el papel que deben desempeñar, algunos de sus compañeros dirigen a la multitud miradas que únicamente han visto en el teatro o en los cuadros de historia. La mayor parte cierra los ojos para meditar, y solo uno está tan agitado por la perspectiva del suplicio que, habiendo perdido la razón, canta y trata de bailar; pero ninguno implora la compasión del pueblo con los ojos o las manos.
Un piquete de caballería precede al convoy. Varios curiosos interpelan a estos heraldos de la muerte, y parece que todos preguntan lo mismo, porque la multitud se apresura a salir al paso del carro donde los soldados señalan a uno de los reos con la punta de sus sables. Preguntan quién es aquel individuo, su curiosidad llega a hacerse general, y todas las miradas se concentran en un hombre que con la cabeza baja está hablando con una humilde joven cuyas manos estrecha entre las suyas. La multitud que lo rodea no le interesa ni aterra. Cuando pasa por la calle de Saint Honoré se alzan contra él varias voces, pero recibe las injurias con una sonrisa y baja un poco más la cabeza para ocultar el rostro.