La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Y, en lo sucesivo, todos los dÃas, y a lo largo del dÃa, la esperaba sentado sobre su tumba. ¡Cuántas escenas de nuevos viajes por campos amenos —con momentos de descanso bajo el amplio cielo—, de excursiones por montes y valles, por caminos poco hollados; cuántos recuerdos de su voz, de su figura, de su vestido, de su pelo ondeando tan alegremente al viento; cuántas visiones de lo que ella habÃa sido y lo que él esperaba que fuera todavÃa, no surgirÃan ante él en la iglesia austera, silenciosa! Nunca les decÃa qué pensaba ni a dónde iba. Se sentaba con ellos todas las noches imaginando —con una satisfacción secreta pero manifiesta— la huida que ella y él emprenderÃan al dÃa siguiente. Y en sus oraciones lo oÃan a menudo susurrar: «¡Señor, que vuelva mañana!».
La última vez que lo oyeron fue un alegre dÃa de primavera. Como no habÃa vuelto a la hora acostumbrada, fueron a buscarlo. YacÃa muerto sobre la tumba.
Le dieron sepultura junto a la que tanto habÃa amado. La niña y el anciano dormÃan ahora juntos en la iglesia donde tantas veces habÃan rezado y meditado cogidos de la mano.