La tienda de antiguedades

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Para este vuelo de la fantasía, el señor Swiveller se encontraba asistido por un mueble equívoco que, en realidad, era una cama, pero parecía una librería, la cual ocupaba una posición destacada en su habitación y desafiaba cualquier conato de sospecha o investigación. No cabe duda de que, de día, el señor Swiveller creía firmemente que esta pieza de mobiliario era una librería: sus ojos no veían la cama, negaba tajantemente la existencia de las sábanas y expulsaba el almohadón de sus pensamientos. Con sus amigos más íntimos nunca se decía una palabra sobre su verdadero uso, no se reconocía su servicio nocturno ni se hacía la menor alusión a sus propiedades particulares. El primer artículo de su credo era una fe implícita en el engaño. Para ser amigo de Swiveller había que rechazar las pruebas más evidentes, así como toda razón, observación y experiencia, y creer ciegamente en la librería. Era su debilidad preferida, que mimaba en grado sumo.

—¡Fred! —exclamó de nuevo al advertir que su anterior petición no había producido efecto alguno—. Pásame el rosado.

Con un gesto de impaciencia, el joven Trent empujó el vaso hacia él para recaer en la actitud apática de la que había sido sacado en contra de su voluntad.

—Fred —enunció su amigo agitando la mezcla—, te daré un pequeño aviso muy apropiado para la ocasión. Aquí está mayo el…


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