La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Los dos chicos no necesitaron oÃr más: se lanzaron el uno sobre el otro con uñas y dientes mientras Quilp, sosteniendo la jaula con una mano y con la otra clavando una navaja —como extasiado— en el suelo, los azuzaba con pullas y gritos para que pelearan con más ahÃnco. Fue un combate muy igualado, en el que rodaron por el suelo intercambiando golpes que distaban mucho de ser juveniles, hasta que Kit, asestando un derechazo en el pecho de su adversario, se liberó de él, saltó con agilidad y, arrebatándole la jaula a Quilp, salió corriendo con el trofeo en la mano.
No se detuvo hasta llegar a su casa, donde su cara ensangrentada asustó a todos, en especial al hermanito mayor, que se puso a aullar horriblemente.
—¡Dios bendito!, Kit, ¿qué te ha pasado, qué has estado haciendo? —gritó la señora Nubbles.
—No te preocupes, madre —contestó el hijo secándose la cara con la toalla que habÃa colgada detrás de la puerta—. No estoy herido, no temas nada. Me he peleado por un pájaro y me lo he llevado; no ha pasado nada más. ¡Deja de gritar, Jacob! Nunca he visto a un niño más gritón en mi vida.
—¡Has estado peleando por un pájaro! —exclamó su madre.