La tienda de antiguedades

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Al ser tan joven y estar tan poco acostumbrada a las escenas presenciadas últimamente, su desaliento no tenía nada de sorprendente. Pero a menudo vemos corazones valientes y nobles en pechos débiles —las más de las veces, loado sea Dios, en pechos de mujer—, y cuando la niña, fijando sus ojos lacrimosos en el anciano, vio lo débil que estaba y lo indefenso que estaría si ella le faltaba, sintió que se le henchía el corazón y recobraba el ánimo.

—Ya está a salvo, abuelito; ya no tenemos nada que temer —lo tranquilizó.

—¡Nada que temer! —repitió el anciano—. ¡Nada que temer si me quieren separar de ti! ¡Nada que temer si nos separaran! Nadie me dice la verdad. No, nadie. Ni siquiera tú, Nell.

—Ay, no diga eso —contestó la niña—, pues si alguien le ha sido fiel alguna vez, ese alguien soy yo. Y estoy segura de que lo sabe bien.

—Entonces —se quejó el anciano, mirando con miedo alrededor—, ¿cómo puedes pensar que estamos a salvo si me están buscando por todas partes y pueden encontrarnos incluso ahora mismo, mientras estamos hablando?


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