La tienda de antiguedades

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—¡Ajá! —gritó el celoso enano—. ¡Así que recibiendo gente mientras yo estoy fuera!

La única respuesta que obtuvo fue una tos ahogada procedente del interior. Se palpó los bolsillos en busca de la llave, pero la había olvidado. No le quedaba más remedio que llamar a la puerta.

—¡Hay luz en el pasillo! —exclamó Quilp, mirando por el ojo de la cerradura—. Un golpecito muy suave y, con tu permiso, mi querida dama, entraré sin que te des cuenta. ¡Eh, quién hay ahí!

Al golpecito suave no lo siguió ninguna respuesta. Pero tras un segundo toque con la aldaba, no más fuerte que el primero, alguien abrió suavemente la puerta. Era el chico del muelle, a quien Quilp tapó enseguida la boca con una mano y con la otra lo empujó hasta la calle.

—Me va a ahogar, amo —expresó el chico con un hilillo de voz—. Suélteme, por favor.

—¿Quién está ahí arriba, cacho perro? —preguntó Quilp con el mismo tono—. Dímelo sin alzar la voz, o te ahogo ahora mismo.


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