Oliver Twist
Oliver Twist Siguió un silencio que se prolongó mucho durante el cual FajÃn meditaba como nunca. Su cara contraÃda dábale aspecto de verdadero demonio. De tanto en tanto le dirigÃa Sikes miradas furtivas, y Anita, cual si temiera excitar la irritación de su amigo, permanecÃa con los ojos clavados en la lumbre, sorda y como indiferente a lo que tan cerca de ella pasaba.
—¡FajÃn! —exclamó de pronto Sikes, rompiendo el silencio—. ¿Me das cincuenta amarillas de premio, además de lo que me corresponde si realizo el negocio?
—Sà —respondió el judÃo, despertando de sus reflexiones.
—¿Trato hecho? —inquirió Sikes.
—Trato hecho —respondió el judÃo, relampagueantes los ojos y revelando la emoción que la pregunta le producÃa.
—Entonces —repuso Sikes, rechazando desdeñosamente la mano que el judÃo acababa de tenderle—, el negocio se hará tan pronto como quieras. Anteanoche reconocimos el jardÃn Tomás y yo, escalando la tapia, como es natural, y probamos las ventanas y las puertas. Una cárcel no se cierra y atranca con mayor cuidado que esa casa; pero hay un sitio por el cual podremos penetrar sin ruido y sin peligro.
—¿Por dónde, Guillermo? —preguntó anhelante el judÃo.