Oliver Twist
Oliver Twist Admiró la novedad de la idea a la señora Sowerberry, quien siempre demostró tener un gusto exquisito en cuanto a todo lo que con los asuntos fúnebres tuviera relación; pero, como quiera que confesarlo en aquellas circunstancias hubiera sido comprometer su dignidad, se limitó a preguntar, por cierto con mucha acritud, cómo no se le habÃa ocurrido antes a su marido una idea tan sencilla y natural. De la pregunta infirió Sowerberry, con razón sobrada, que su idea merecÃa la aprobación de su mujer, y en el acto mismo quedó decidido que Oliver serÃa iniciado en los misterios de la profesión, a cuyo fin acompañarÃa a su amo en la primera ocasión que se presentase.
No se hizo esperar ésta. A la mañana siguiente, media hora después del almuerzo, entró en el establecimiento el señor Bumble, el cual apoyando su bastón contra el mostrador, sacó su enorme cartera de cuero, y de ésta un pedacito de papel que alargó a Sowerberry.
—¡Ah! —exclamó el funerario recorriéndolo con la vista con expresión placentera—. Encargo de un féretro, ¿eh?
—De un féretro, lo primero; y lo segundo, de un entierro costeado por la parroquia —contestó Bumble, atando la cartera, poco más o menos tan voluminosa como él.