Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Incluso he tenido el honor y el placer de conocer a su hermana, persona tan encantadora como instruida. Le confieso que lamento profundamente nuestro altercado. En cuanto a las conjeturas que hicimos sobre su desvanecimiento, todo ha quedado explicado de un modo que no deja lugar a dudas. Fue una ofuscación, un desatino. Su indignación es muy explicable… ¿Se va usted a mudar a causa de la llegada de su familia?
‑No, no; no es eso. Yo venÃa para… CreÃa que encontrarÃa aquà a Zamiotof.
‑Ya comprendo. He oÃdo decir que eran ustedes amigos. Pues bien, ya no está aquÃ. Desde anteayer nos vemos privados de sus servicios. Discutió con nosotros y estuvo bastante grosero. HabÃamos fundado ciertas esperanzas en él, pero ¡vaya usted a entenderse con nuestra brillante juventud! Se le ha metido en la cabeza presentarse a unos exámenes sólo para poder darse importancia. No tiene nada en común con usted ni con su amigo el señor Rasumikhine. Ustedes viven para la ciencia, y los reveses no pueden abatirlos. Las diversiones no son nada para ustedes. Nihil esi, como dicen. Ustedes llevan una vida austera, monástica, y un libro, una pluma en la oreja, una indagación cientÃfica, bastan para hacerlos felices. Incluso yo, hasta cierto punto… ¿Ha leÃdo usted las Memorias de Livingstone?
‑No.