Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Tú eres un señorito ‑le decÃan‑. Eso de asesinar a hachazos no se ha hecho para ti.
‑No son cosas para la gente bien.
La segunda semana de cuaresma le correspondió celebrar la pascua con los presos de su departamento. Fue a la iglesia y asistió al oficio con sus compañeros. Un dÃa, sin que se supiera por qué, se produjo un altercado entre él y los demás presos. Todos se arrojaron sobre él furiosamente.
‑Tú eres un ateo; tú no crees en Dios ‑le gritaban‑. Mereces que te maten.
Él no les habÃa hablado de Dios ni de religión jamás. Sin embargo, querÃan matarlo por infiel. Rodia no contestó. Uno de los reclusos, ciego de cólera, se fue hacia él, dispuesto a atacarlo. Raskolnikof le esperó en silencio, con una calma absoluta, sin parpadear, sin que ni un solo músculo de su cara se moviera. Un guardián se interpuso a tiempo. Si hubiese tardado un minuto en intervenir, habrÃa corrido la sangre.