Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Lisbeth procedÃa de la pequeña burguesÃa del tchin. Era una mujer desgalichada, de talla desmedida, de piernas largas y torcidas y pies enormes, como toda su persona, siempre calzados con zapatos ligeros. Lo que más asombraba y divertÃa al estudiante era que Lisbeth estaba continuamente encinta.
‑Pero ¿no has dicho que no vale nada? ‑inquirió el oficial.
‑Tiene la piel negruzca y parece un soldado disfrazado de mujer, pero no puede decirse que sea fea. Su cara no está mal, y menos sus ojos. La prueba es que gusta mucho. Es tan dulce, tan humilde, tan resignada… La pobre no sabe decir a nada que no: hace todo lo que le piden… ¿Y su sonrisa? ¡Ah, su sonrisa es encantadora!
‑Ya veo que a ti también te gusta ‑dijo el oficial, echándose a reÃr.
‑Por su extravagancia. En cambio, a esa maldita vieja, la matarÃa y le robarÃa sin ningún remordimiento, ¡palabra! ‑exclamó con vehemencia el estudiante.
El oficial lanzó una nueva carcajada, y Raskolnikof se estremeció. ¡Qué extraño era todo aquello!