Crimen y Castigo
Crimen y Castigo «¡Esto es una celada! Quieren atraerme, cogerme desprevenido ‑pensó mientras se dirigÃa a la escalera‑. Lo peor es que estoy aturdido, que puedo decir lo que no debo.»
Ya en la escalera, recordó que las joyas robadas estaban aún donde las habÃa puesto, detrás del papel despegado y roto de la pared de la habitación.
«Tal vez hagan un registro aprovechando mi ausencia.»
Se detuvo un momento, pero era tal la desesperación que le dominaba, era su desesperación tan cÃnica, tan profunda, que hizo un gesto de impotencia y continuó su camino.
«¡Con tal que todo termine rápidamente… !»
El calor era tan insoportable como en los dÃas anteriores. HacÃa tiempo que no habÃa caÃdo ni una gota de agua. Siempre aquel polvo aquellos montones de cal y de ladrillos que obstruÃan las calles. Y el hedor de las tiendas llenas de suciedad, y de las tabernas, y aquel hervidero de borrachos, buhoneros, coches de alquiler…
El fuerte sol le cegó y le produjo vértigos. Los ojos le dolÃan hasta el extremo de que no podÃa abrirlos. (Asà les ocurre en los dÃas de sol a todos los que tienen fiebre.)