Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pero ¿por qué se pone en camino? ‑le interrumpió Raskolnikof.
‑Porque uno no tiene adónde ir, ni a nadie a quien dirigirse. Todos los hombres necesitan saber adónde ir, ¿no? Pues siempre llega un momento en que uno siente la necesidad de ir a alguna parte, a cualquier parte. Por eso, cuando mi hija única fue por primera vez a la policÃa para inscribirse, yo la acompañé… (porque mi hija está registrada como… ) ‑añadió entre paréntesis, mirando al joven con expresión un tanto inquieta‑. Eso no me importa, señor ‑se apresuró a decir cuando los dos muchachos se echaron a reÃr detrás del mostrador, e incluso el tabernero no pudo menos de sonreÃr‑. Eso no me importa. Los gestos de desaprobación no pueden turbarme, pues esto lo sabe todo el mundo, y no hay misterio que no acabe por descubrirse. Y yo miro estas cosas no con desprecio, sino con resignación… ¡Sea, sea, pues! Ecce Homo. Óigame, joven: ¿podrÃa usted… ? No, hay que buscar otra expresión más fuerte, más significativa. ¿Se atreverÃa usted a afirmar, mirándome a los ojos, que no soy un puerco?
El joven no contestó.