Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pues lo que quiero que sepa es que si usted se permite decir una palabra más contra mi madre, lo echo escaleras abajo.
‑¡Pero Rodia! ‑exclamó Rasumikhine.
‑¡Si, escaleras abajo!
Lujine habÃa palidecido y se mordÃa los labios.
‑Óigame, señor ‑comenzó a decir, haciendo un gran esfuerzo por dominarse‑: la acogida que usted me ha dispensado me ha demostrado claramente y desde el primer momento su enemistad hacia mÃ, y si he prolongado la visita ha sido solamente para acabar de cerciorarme. HabrÃa perdonado muchas cosas a un enfermo, a un pariente; pero, después de lo ocurrido, ¡ni pensarlo!
‑¡Yo no estoy enfermo! ‑exclamó Raskolnikof.
‑¡Peor que peor!
‑¡Váyase al diablo!
Lujine no habÃa esperado esta invitación. Se deslizaba ya entre la silla y la mesa. Esta vez, Rasumikhine se levantó para dejarlo pasar. Lujine no se dignó mirarle y salió sin ni siquiera saludar a Zosimof, que desde hacÃa unos momentos le estaba diciendo por señas que dejara al enfermo tranquilo. Al verle alejarse con la cabeza baja, era fácil comprender que no olvidarÃa la terrible ofensa recibida.