Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Raskolnikof se detuvo junto al grupo principal de mujeres. Éstas platicaban con voces desgarradas. VestÃan ropas de Indiana, llevaban la cabeza descubierta y calzado de cabritilla. Unas pasaban de los cuarenta; otras apenas habÃan cumplido los diecisiete. Todas tenÃan los ojos hinchados.
El canto y todos los ruidos que salÃan del tugurio subterráneo cautivaron a Raskolnikof. Entre las carcajadas y el alegre bullicio se oÃa una fina voz de falsete que entonaba una bella melodÃa, mientras alguien danzaba furiosamente al son de una guitarra, marcando el compás con los talones. Raskolnikof, inclinado hacia el sótano, escuchaba, con semblante triste y soñador.
Mi hombre, amor mÃo, no me pegues sin razón,
cantaba la voz aguda. El oyente mostraba un deseo tan ávido de captar hasta la última sÃlaba de esta canción, que se dirÃa que aquello era para él cuestión de vida o muerte.
«¿Y si entrase? ‑pensó‑. Se rÃen. Es la embriaguez. ¿Y si yo me embriagase también?»
‑¿No entra usted, caballero? ‑le preguntó una de las mujeres.
Su voz era clara y todavÃa fresca. ParecÃa joven y era la única del grupo que no inspiraba repugnancia.