Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Raskolnikof levantó la cabeza y exclamó mientras la miraba:
‑¡Qué bonita eres!
Ella sonrió. El cumplido la habÃa emocionado.
‑Usted también es un guapo mozo ‑dijo.
‑Demasiado delgado ‑dijo otra de aquellas mujeres, con voz cavernosa‑. Seguro que acaba de salir del hospital.
‑Parecen damas de la alta sociedad, pero esto no les impide tener la nariz chata ‑dijo de súbito un alegre mujik que pasaba por allà con la blusa desabrochada y el rostro ensanchado por una sonrisa‑. ¡Esto alegra el corazón!
‑En vez de hablar tanto, entra.
‑Te obedezco, amor mÃo.
Dicho esto, entró… , y se fue rodando escaleras abajo.
Raskolnikof continuó su camino.
‑¡Oiga, señor! ‑le gritó la muchacha apenas vio que echaba a andar.
‑¿Qué?
Ella se turbó.
‑Me encantarÃa pasar unas horas con usted, caballero; pero me siento cohibida en su presencia. Déme seis kopeks para beberme un vaso, amable señor.