Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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Raskolnikof buscó en su bolsillo y sacó todo lo que había en él: tres monedas de cinco kopeks.

‑¡Oh! ¡Qué príncipe tan generoso!

‑¿Cómo te llamas?

‑Llámame Duklida.

‑¡Es vergonzoso! ‑exclamó una de las mujeres del grupo, sacudiendo la cabeza con un gesto de desesperación‑. No comprendo cómo se puede mendigar de este modo. Sólo de pensarlo, me muero de vergüenza.

Raskolnikof miró con curiosidad a la mujer que había hablado así. Representaba unos treinta años. Estaba picada de viruelas y salpicada de equimosis. Tenía el labio superior un poco hinchado. Había expresado su desaprobación en un tono de grave serenidad.

«¿Dónde he leído yo ‑pensaba Raskolnikof al alejarse‑ que un condenado a muerte decía, una hora antes de la ejecución de la sentencia, que antes que morir preferiría pasar la vida en una cumbre, en una roca escarpada donde tuviera el espacio justo para colocar los pies, una roca rodeada de precipicios o perdida en medio del océano sin fin, en una perpetua soledad, aunque esta vida durara mil años o fuera eterna? Vivir, vivir sea como fuere. El caso es vivir… ‑y añadió al cabo de un momento‑: El hombre es cobarde, y cobarde el que le reprocha esta cobardía.»

Desembocó en otra calle.


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