Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Después se lo diré. Ahora le voy a participar… , mejor dicho, a confesar… , no, tampoco… , ahora voy a prestar declaración y usted tomará nota. ¡Ésta es la expresión! Pues bien, declaro que he estado buscando y rebuscando… ‑hizo un guiño, seguido de una pausa‑ que he venido aquà a leer los detalles relacionados con la muerte de la vieja usurera.
Las últimas palabras las dijo en un susurro y acercando tanto su cara a la de Zamiotof, que casi llegó a tocarla.
El secretario se quedó mirándole fijamente, sin moverse y sin retirar la cabeza. Más tarde, al recordar este momento, Zamiotof se preguntaba, extrañado, cómo podÃan haber estado mirándose asÃ, sin decirse nada, durante un minuto.
‑¿Qué me importa a mà lo que usted estuviera leyendo? ‑exclamó de pronto, desconcertado y molesto por aquella extraña actitud‑. ¿Por qué cree usted que me ha de importar? ¿Qué tiene de particular que usted estuviera leyendo ese suceso?
Pero Raskolnikof, en voz baja como antes y sin hacer caso de las exclamaciones de Zamiotof, siguió diciendo:
‑Me refiero a esa vieja de la que hablaban ustedes en la comisarÃa, ¿se acuerda?, cuando me desmayé… ¿Comprende usted ya?