Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Dónde lo ponemos? ‑preguntó el agente, dirigiendo una mirada en torno de él, cuando introdujeron en la pieza a Marmeladof, ensangrentado e inanimado.
‑En el diván; ponedlo en el diván ‑dijo Raskolnikof‑. AquÃ. La cabeza a este lado.
‑¡Él ha tenido la culpa! ¡Estaba borracho! ‑gritó una voz entre la multitud.
Catalina Ivanovna estaba pálida como una muerta y respiraba con dificultad. La diminuta Lidotchka lanzó un grito, se arrojó en brazos de Polenka y se apretó contra ella con un temblor convulsivo.
Después de haber acostado a Marmeladof, Raskolnikof corrió hacia Catalina Ivanovna.
‑¡Por el amor de Dios, cálmese! ‑dijo con vehemencia‑. ¡No se asuste! Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado. No se inquiete; pronto volverá en sÃ. Lo han traÃdo aquà porque lo he dicho yo. Yo estuve ya una vez en esta casa, ¿recuerda? ¡Volverá en sÃ! ¡Yo lo pagaré todo!
‑¡Esto tenÃa que pasar! ‑exclamó Catalina Ivanovna, desesperada y abalanzándose sobre su marido.