Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Vosotros sois un ejemplo: me parece estar viéndoos a una distancia de mil verstas… Pero ¿para qué diablos hablamos de estas cosas… ? ¿Y por qué me interrogáis? ‑exclamó, irritado.
Después empezó a roerse las uñas y volvió a abismarse en sus pensamientos.
‑¡Qué habitación tan mÃsera tienes, Rodia! Parece una tumba ‑dijo de súbito Pulqueria Alejandrovna para romper el penoso silencio‑. Estoy segura de que este cuartucho tiene por lo menos la mitad de culpa de tu neurastenia.
‑¿Esta habitación? ‑dijo Raskolnikof, distraÃdo‑. SÃ, ha contribuido mucho. He reflexionado en ello… Pero ¡qué idea tan extraña acabas de tener, mamá! ‑añadió con una singular sonrisa.
Se daba cuenta de que aquella compañÃa, aquella madre y aquella hermana a las que volvÃa a ver después de tres años de separación, y aquel tono familiar, Ãntimo, de la conversación que mantenÃan, cuando su deseo era no pronunciar una sola palabra, estaban a punto de serle por completo insoportables.
Sin embargo, habÃa un asunto cuya discusión no admitÃa dilaciones. Asà acababa de decidirlo, levantándose. De un modo o de otro, debÃa quedar resuelto inmediatamente. Y experimentó cierta satisfacción al hallar un modo de salir de la violenta situación en que se encontraba.