Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑No hay que romper los muebles, señores mÃos ‑exclamó Porfirio Petrovitch alegremente‑. Esto es un perjuicio para el Estado.
Raskolnikof seguÃa riendo, y de tal modo, que se olvidó de que su mano estaba en la de Porfirio Petrovitch. Sin embargo, consciente de que todo tiene su medida, aprovechó un momento propicio para recobrar la seriedad lo más naturalmente posible. Rasumikhine, al que el accidente que su conducta acababa de provocar habÃa sumido en el colmo de la confusión, miró un momento con expresión sombrÃa los trozos de vidrio, después escupió, volvió la espalda a Porfirio y a Raskolnikof, se acercó a la ventana y, aunque no veÃa, hizo como si mirase al exterior. Porfirio Petrovitch reÃa por educación, pero se veÃa claramente que esperaba le explicasen el motivo de aquella visita.
En un rincón estaba Zamiotof sentado en una silla. Al aparecer los visitantes se habÃa levantado, esbozando una sonrisa. Contemplaba la escena con una expresión en que el asombro se mezclaba con la desconfianza, y observaba a Raskolnikof incluso con una especie de turbación. La aparición inesperada de Zamiotof sorprendió desagradablemente al joven, que se dijo:
«Otra cosa en que hay que pensar.»
Y manifestó en voz alta, con una confusión fingida:
‑Le ruego que me perdone…