Crimen y Castigo
Crimen y Castigo HabÃa dicho esto en un rápido susurro. Al mismo tiempo, lo miró con ojos fulgurantes y le apretó la mano.
«No me he equivocado», se dijo Raskolnikof.
‑Pero ¿qué hace Dios por ti? ‑siguió preguntando el joven.
Sonia permaneció en silencio un buen rato. ParecÃa incapaz de responder. La emoción henchÃa su frágil pecho.
‑¡Calle! No me pregunte. Usted no tiene derecho a hablar de estas cosas ‑exclamó de pronto, mirándole, severa e indignada.
«Es lo que he pensado, es lo que he pensado», se decÃa Raskolnikof.
‑Dios todo lo puede ‑dijo Sonia, bajando de nuevo los ojos.
«Esto lo explica todo», pensó Raskolnikof. Y siguió observándola con ávida curiosidad.
Experimentaba una sensación extraña, casi enfermiza, mientras contemplaba aquella carita pálida, enjuta, de facciones irregulares y angulosas; aquellos ojos azules capaces de emitir verdaderas llamaradas y de expresar una pasión tan austera y vehemente; aquel cuerpecillo que temblaba de indignación. Todo esto le parecÃa cada vez más extraño, más ajeno a la realidad.
«Está loca, está loca», se repetÃa.